La moral política
“Todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro”. Albert Camus
Las relaciones de la política con la moral siempre han sido complicadas y, en más de un caso, incompatibles. Desde Maquiavelo a Weber, pasando por Pareto y el propio Marx, la moral parecería ser un elemento desechable, subordinado a intereses superiores, cuando no una peligrosa reivindicación de personajes ascéticos y sombríos que pretenden organizar a la sociedad como si fuera un convento.
El cinismo, es decir el desconocimiento de la existencia de normas morales; o la hipocresía, con su retórica a favor de virtudes que nunca se practican, parecen ser las consecuencias inevitables de todo intento de relacionar la moral con la política. Como contrapartida, lo curioso es que mientras en términos prácticos la moral es un insumo descartable; por otro lado, nadie, ni el político inescrupuloso, ni el empresario corrupto, ni el votante escéptico, van a decir una palabra en contra de la moral. Parecería que lo que en términos prácticos se desprecia o se subestima, a la hora de las declaraciones todos se llenan la boca en nombre de una moral tan excelsa y virtuosa que nadie puede dejar de invocarla con comodidad, porque en realidad nadie está decidido a tomarla en serio.
El concepto de responsabilidad ha ido aumentando su importancia en la ética durante las últimas décadas; no sólo como concepto abstracto o como principio moral, separado de cualquier casuística, sino más bien al revés: su importancia es directamente proporcional a la envergadura de los problemas biopolíticos de los últimos tiempos. El impacto de las biotecnologías y el riesgo ecológico global son dos ejemplos a tener en cuenta al actualizar la responsabilidad como la necesidad de “hacerse cargo” ante estos nuevos retos.

La ambigüedad y ambivalencia, la doble y contradictoria posibilidad, el carácter “bifronte”, revelan el significado esencial que, a nuestro juicio, tienen las creaciones actuales de las ciencias y técnicas de la vida. Desde luego, es en el uso del conocimiento donde se manifiestan más claramente, e incluso se agudizan, las cuestiones del “bien” y el “mal”. Y es ahí donde –como todos sabemos− se presentan los más acuciantes dilemas éticos, donde se hacen patentes grandes promesas benéficas para la humanidad, al mismo tiempo que posibles amenazas para ella –y para la conservación de la Tierra−. La ambigüedad aquí es ciertamente difícil de disolver. Pues ambas, promesas y amenazas, son ciertas y, ambas, potencialmente factibles. (González 43)
La moral cívica consiste, pues, en unos mínimos compartidos entre ciudadanos que tienen distintas concepciones de hombre, distintos ideales de vida buena; mínimos que les llevan a considerar como fecunda su convivencia. Precisamente por eso pertenece a la esencia misma de la moral cívica ser una moral mínima, no identificarse en exclusiva con ninguna de las propuestas de grupos diversos, constituir la base del pluralismo. (Cortina 1996 196)
Habida cuenta de que los distintos ámbitos de las éticas aplicadas dependen de los valores compartidos por la sociedad civil, consideramos la ética aplicada como una suerte de ética cívica que se expresa en ámbitos como la medicina, la política, la genética, la ecología, la economía, la información o los negocios. “Que se expresa en ellas” quiere decir que la ética aplicada es resultante de un doble movimiento: del proceso inductivo por el que se configura a partir de los valores surgidos de las distintas actividades, y del proceso deductivo por el que los principios y valores comunes a una sociedad democrática se aplican a las distintas dimensiones sociales. De la potenciación de este doble proceso y de la encarnación en la vida cotidiana de los valores que de él surgen depende –a mi juicio− la única esperanza de crear una “democracia auténtica” o una “democracia radical”. (Cortina 1993 177)
La moral que buscamos no es una moral que se limite a modelar los hábitos y las actitudes de los individuos (aunque ese es un aspecto muy importante), no es una moral que se limite a decirnos cuales son nuestros deberes individuales, sino una moral que, además, oriente y guíe las decisiones que colectivamente habrá que tomar. La perspectiva individualista y liberal no ha sabido construir un yo responsable y solidario. Por eso proponemos pensar la ética no sólo como un asunto personal y privado (también lo es), sino como una actividad tanto organizada como personal. Los factores organizativos influyen en el comportamiento individual en igual medida que los comportamientos personales repercutirán en la vida de la organización. (147)
Referencias bibliográficas:
Diego José García C.* Universidad de Murcia 2010- España La deliberación moral en bioética. Interdisciplinariedad, pluralidad, especialización tomado de http://152.186.37.80/ecsah02/mod/lesson/view.php?id=4084&pageid=363
El
Litoral.com 2014 Moral y política, una relación
compleja tomado de
http://www.ellitoral.com/index.php/id_um/96616-moral-y-politica-una-relacion-compleja.